La decepcionante corrida de Vellosino en Madrid dejó algo más profundo que aburrimiento en los tendidos: la sensación de que ciertos errores no nacen en el ruedo, sino mucho antes. Y en medio del naufragio apareció un nombre marcado por la injusticia de la tarde: Daniel Luque.
Habrá quien salga de Las Ventas señalando únicamente al hierro de Vellosino. Quien reduzca el fracaso de la tarde a una corrida sin empuje, sin emoción y sin el mínimo fondo necesario para sostener una cita de máxima exigencia. Y sí, el encierro tuvo mucho de anestesia, de mansedumbre desquiciante y de esa falta de transmisión que convierte el espectáculo en un ejercicio de resistencia para el público. Pero sería demasiado sencillo detener ahí el análisis.
Porque antes de cargar toda la responsabilidad sobre el ganadero habría que preguntarse quién decidió colocar en pleno San Isidro una corrida pensada originalmente para otro contexto y otra fecha. Hay errores que condicionan una tarde y otros que directamente la condenan antes de abrirse chiqueros. Y lo sucedido en Madrid tuvo mucho de eso: de decisión equivocada tomada lejos del albero y pagada después por todos.
Nadie salió beneficiado. El ganadero quedó expuesto al juicio feroz de la plaza, convertido desde ya en objetivo de todas las críticas. Los toreros consumieron una comparecencia imposible de defender. Y el público terminó atrapado en ese sopor espeso que generan las corridas que ni explotan ni se derrumban, simplemente agonizan lentamente hasta desesperar a cualquiera.
Pero dentro de ese escenario hubo un nombre especialmente perjudicado: Daniel Luque. El sevillano afrontaba una tarde importante en Madrid y se encontró con un toro sin motor, sin intención y sin una sola posibilidad real de lucimiento. Desde salida quedó claro que aquello no iba a ningún sitio. El animal se apagó bajo el peto y jamás ofreció una arrancada capaz de sostener una faena.
Sin embargo, el ambiente acabó volviéndose contra Luque. Como tantas veces ocurre en Madrid, la frustración del tendido necesitó un destinatario visible. Y el de Gerena terminó pagando una factura que difícilmente le correspondía. Porque el torero hizo el esfuerzo que exigía la situación: tragó, insistió, buscó terrenos, ofreció ventajas y dejó además una estocada rotunda de ejecución impecable. Pero cuando la plaza entra en dinámica de hastío, la realidad deja de importar. El público ya no distingue entre entrega y simulacro; simplemente descarga su desencanto.
Lo más cruel de la tarde fue precisamente eso: ver cómo un torero dispuesto se quedaba sin opciones por culpa de una corrida sin alma y de una planificación difícil de entender. A veces las tardes fracasan en el ruedo. Otras, mucho antes. Y esta parecía perdida desde que alguien tuvo la ocurrencia de moverla de sitio y de tiempo.