El huracán que no cesa: El Fandi incendia Granada
En un despliegue descomunal de raza y magnetismo, El Fandi desata la locura colectiva en Frascuelo y lidera un tercio de banderillas que ya es historia de la Fiesta.

Rubén Sánchez
Coordinador

Hay toreros que son profetas en su tierra no por capricho del destino, sino porque se vacían en cada bocanada de aire. Lo de David Fandila en la Monumental de Frascuelo rebasó cualquier lógica argumental: fue un despliegue arrollador de facultades, dinamismo y, por encima de todo, de una comunión indestructible con sus paisanos. Frente a un encierro de Álvaro Núñez que exigió un esfuerzo titánico, el granadino demostró que la plaza de Granada le pertenece por derecho propio, respondiendo a la frialdad inicial del palco presidencial con la única moneda que no admite discusión: el delirio colectivo de un tendido entregado.
La tarde ya caminaba por los senderos de la épica cuando el quinto de la tarde desató la tormenta perfecta. En un gesto que ya es historia viva de la tauromaquia contemporánea, el Fandi compartió los palos en un impensable tercio de banderillas junto a Morante y Aguado, regalando estampas que evocaban el romanticismo en blanco y negro de los hermanos Bienvenida. Pero más allá de la maravillosa improvisación, la clave del triunfo residió en su incombustible capacidad para prender la mecha de la emoción; rodilla en tierra en los medios y fajándose en un vibrante final de fuegos de artificio que tumbó al astado sin puntilla. El Fandi no torea para los puristas de salón; torea para el pueblo, y en Granada volvió a recordar que el corazón de la Fiesta late al ritmo que él impone.




