La seda de la memoria: elegancia y poder a la federica
El vestigio dieciochesco del rejoneo portugués que inmortalizó el esplendor ilustrado entre terciopelos, alamares y galopes.

Manolo Herrera
Redactor

Hay en la tauromaquia lusitana un desafío pertinaz al dictado del tiempo, un empeño lírico por suspender la historia en el filo de un estribo. Quien haya presenciado el ritual en la plaza de toros de Campo Pequeno sabrá que la salida a pista del cavaleiro no pertenece a nuestro siglo, ni tan siquiera al anterior. Mientras el caballero campero español o hispanoamericano salta al ruedo despojado de ornamento, envuelto en la sobriedad austera del traje corto andaluz o la dignidad vaquera de la zahona, el rejoneador portugués emerge bañado en la ostentación luminosa de un tiempo ilustrado: vistiendo «a la federica».
Esa estampa de casaca entallada, calzón corto de terciopelo, tricornio de bordes ribeteados y tricornio rematado con plumas no es una ocurrencia caprichosa del protocolo moderno, sino la huella indeleble del siglo XVIII. La moda «a la federica» evoca directamente los patrones cortesanos que puso en boga el rey Federico II «El Grande» de Prusia (1712-1786), cuya impronta estética e indiscutible prestancia militar redefinieron el vestuario noble de las cortes europeas durante el Barroco tardío y la Ilustración.
El arraigo definitivo de esta vestimenta en la tauromaquia de Portugal tiene nombres y apellidos de la aristocracia dieciochesca. Fue bajo el reinado de Don José I (1750-1777) cuando el rejoneo cobró su dimensión aristocrática y definitiva. La figura clave de esta metamorfosis estética fue Don Pedro de Alcántara y Meneses, cuarto Marqués de Marialva y Estribeiro-Mor (Caballerizo Mayor) de la Corona. Marialva codificó las reglas de la equitación taurina y convirtió la plaza en una extensión del salón cortesano. Aquellos nobles no lidiaban vestidos de campo, sino con el rigor y la fastuosidad de la alta etiqueta regia.
Cuando Felipe V en España desterró el rejoneo de los nobles de la corte, la aristocracia portuguesa hizo exactamente lo contrario: protegió el arte ecuestre como un patrimonio patrio inseparable del honor caballeresco. Y allí se detuvo el reloj. Aunque los siglos trajeron la abolición de la suerte del rejonazo mortal en las plazas portuguesas tras la tragedia del Conde de Arcos a finales de ese mismo siglo —lo que dio paso a la lidia sin muerte pública y a la destreza del engaño—, la vestimenta jamás se adaptó a los preceptos utilitarios del mundo rural.
Vestir a la federica es someterse a una compleja ingeniería textil. La casaca, confeccionada hoy en día siguiendo el patrón tradicional que fijaron maestros sastres portugueses a lo largo del siglo XIX, abandona la excesiva amplitud del estilo Luis XV para ceñirse a la silueta del jinete con una confección de dos machos traseros, cintura marcada y bocamangas cuajadas de bordados en hilo de oro o plata. A diferencia de la chaquetilla andaluza, aquí los bordados no son simples adornos, sino escudos conceptuales que proyectan la majestad del jinete frente al estruendo de la fiera.
En un mundo dominado por la inmediatez y el pragmatismo, el rejoneador portugués defiende a lomos de su caballo lusitano mucho más que una faena taurina: encarna la custodia de un rito visual. Sostener el tricornio sobre el albero y trenzar una banderilla envuelto en seda, encaje y galones no es un anacronismo ni una extravagancia folclórica, sino el testimonio vivo de una era en la que la valentía no estaba reñida con la más refinada de las elegancias.


