Hay toreros que triunfan, toreros que hacen historia y toreros que, sencillamente, se convierten en leyenda. Y después está Manolete.
Compararlo con los toreros de nuestro tiempo es inevitable. Lo hacemos porque necesitamos medir aquello que admiramos con lo que tenemos delante. Hoy existen figuras extraordinarias: toreros con un concepto poderoso, con una técnica descomunal, con una personalidad arrolladora y capaces de llenar plazas y páginas de periódicos. Morante, Roca Rey, Talavante, El Juli en su trayectoria, Enrique Ponce, Juan Ortega, Sebastián Castella… Cada uno ha escrito o está escribiendo su propio capítulo en la historia del toreo.
Pero Manolete juega en otra dimensión.
No porque los toreros actuales sean peores. Ni porque el toreo de entonces fuese necesariamente mejor que el de ahora. Simplemente porque hay hombres que aparecen una sola vez. Y Manolete fue uno de ellos.
Manuel Rodríguez Sánchez nació en Córdoba en 1917, en una familia íntimamente ligada al mundo de los toros. Su padre, también torero, murió cuando Manuel era todavía un niño. Aquella infancia marcada por la ausencia, el ambiente taurino y una personalidad tremendamente reservada fueron moldeando al hombre que después conocería España entera.
Desde muy joven tuvo claro que quería ser torero. No fue un hombre de grandes discursos ni de una personalidad expansiva. Manolete era más bien silencioso, serio, distante. Pero cuando se colocaba delante del toro, aquella aparente frialdad adquiría un significado completamente distinto.
Porque Manolete no necesitaba gritarle al toro.
Lo mandaba.
Su toreo fue una revolución. Piernas quietas, figura erguida, muleta adelantada, pases ligados y una manera de quedarse en el sitio que todavía hoy impresiona al contemplar sus fotografías y películas. Toreaba con una verticalidad que parecía imposible para aquellos tiempos.
Y, sobre todo, toreaba con una verdad que no admitía artificios.
Manolete fue capaz de convertir la quietud en movimiento. Allí donde otros necesitaban desplazarse para dominar la embestida, él parecía esperar al toro. Lo citaba, lo recibía y lo conducía alrededor de su cuerpo con una naturalidad escalofriante.
Su famoso «esto no es torear, esto es esperar al toro» resume, en buena medida, aquella concepción.
Pero sería injusto reducir a Manolete únicamente a su tauromaquia.
Manolete fue también un hombre convertido en personaje sin haberlo buscado.
La España de los años cuarenta necesitaba símbolos. Era un país empobrecido, gris, herido y silencioso después de la Guerra Civil. Y aquel cordobés del rostro afilado, vestido de luces, serio y casi hierático, terminó convirtiéndose en una figura nacional.
Su imagen trascendió las plazas.
Las mujeres hablaban de él. Los hombres discutían sobre su toreo. Los periódicos seguían cada uno de sus pasos. Su figura comenzó a aparecer en fotografías, revistas y carteles. Y mientras crecía su fama, también crecía la exigencia.
Porque ser Manolete no debía de ser fácil.
Se cuenta que fuera de los ruedos era un hombre sencillo y reservado, muy distinto de la imagen pública que se había creado alrededor de él. Le gustaba la tranquilidad, la familia y Córdoba. No necesitaba ser el centro de una reunión para hacerse notar.
Su personalidad contrastaba con la dimensión de su figura.
Y quizá ahí reside una de las claves de su leyenda.
Manolete no parecía querer convertirse en leyenda.
Simplemente quiso ser torero.
Hoy vemos a los toreros llegar a las plazas rodeados de cámaras, redes sociales, entrevistas y una maquinaria mediática que convierte cada gesto en noticia. Manolete vivió otra época. Su vida privada estaba mucho más protegida y, paradójicamente, su figura terminó siendo todavía más misteriosa.
Y entonces llegamos a la comparación inevitable.
¿Es mejor Morante que Manolete?
¿Es mejor Roca Rey?
¿Lo fue El Juli?
¿Lo fue Enrique Ponce?
¿Puede aparecer hoy un torero que supere lo que hizo Manolete?
Mi respuesta es sencilla: no tiene sentido plantearlo.
Porque el toreo no es una competición matemática.
Morante posee una personalidad artística extraordinaria. Hay en él una manera de interpretar el toreo que recuerda que este arte también consiste en crear belleza. Roca Rey representa una tauromaquia de enorme valor, exposición y ambición, propia de nuestro tiempo. El Juli construyó durante décadas una de las carreras más completas que ha conocido el toreo moderno. Ponce hizo de la técnica y la elegancia una forma de expresión.
Todos ellos son grandes.
Pero ninguno es Manolete.
Y probablemente nunca habrá otro.
Porque Manolete no fue únicamente un torero. Fue una circunstancia histórica, una personalidad, una época y una forma de entender la vida que no pueden repetirse.
Hay además una diferencia fundamental: hoy conocemos demasiado a los toreros.
Manolete conserva algo que el tiempo no ha conseguido destruir: el misterio.
Sabemos cómo toreaba porque tenemos fotografías y algunas imágenes cinematográficas. Sabemos cómo vestía, dónde vivía, quiénes fueron algunas de las personas importantes de su vida y conocemos multitud de anécdotas. Pero nunca podremos conocer completamente al hombre que existía detrás del mito.
Y eso engrandece todavía más su figura.
Entre las muchas historias que han quedado alrededor de él está aquella imagen de Manolete llegando a la plaza con su habitual seriedad, sin necesidad de gesticular ni levantar la voz. Era consciente de que el público esperaba algo de él. Y él parecía asumir aquella responsabilidad con una naturalidad casi sobrenatural.
También quedó para siempre su relación con Córdoba.
Manolete podía ser una figura nacional, podía llenar plazas lejos de su tierra y podía convertirse en uno de los hombres más famosos de España, pero nunca dejó de ser el cordobés de Santa Marina.
Quizá por eso su muerte fue mucho más que una tragedia taurina.
El 28 de agosto de 1947, en Linares, un toro de Miura llamado Islero terminó con su vida.
Tenía treinta años.
Treinta.
Cuando pensamos en Manolete tendemos a imaginar a un hombre mayor porque su leyenda es gigantesca. Pero murió con una edad en la que muchos toreros actuales apenas comienzan a consolidarse como figuras.
Y ahí aparece una de las paradojas más grandes de su historia: Manolete murió joven, pero tuvo tiempo suficiente para convertirse en eterno.
Desde entonces, cada generación ha intentado comprenderlo.
Algunos lo veneran.
Otros lo critican.
Otros consideran que su tauromaquia marcó un antes y un después.
Pero nadie puede ignorarlo.
Porque incluso los toreros que torean de una manera completamente diferente a la suya lo hacen después de Manolete.
El toreo actual es heredero de muchas revoluciones, y una de las más importantes lleva su nombre.
Por eso, cuando alguien pregunta quién es el mejor torero de todos los tiempos, probablemente la respuesta dependa de lo que cada uno busque en el toreo.
Si buscamos técnica, encontraremos nombres.
Si buscamos estética, encontraremos nombres.
Si buscamos valor, encontraremos nombres.
Si buscamos regularidad, encontraremos nombres.
Pero si buscamos a alguien que reúna alrededor de su figura una época, una ciudad, una tragedia, una revolución taurina y una leyenda que sigue creciendo casi ochenta años después de su muerte, entonces solamente aparece uno.
Manuel Rodríguez Sánchez.
Manolete.
No habrá otro igual.
Y quizá ese sea precisamente el mayor triunfo que puede alcanzar un torero: que después de tantos años sigamos hablando de él no porque haya sido el mejor según una estadística, sino porque cuando pronunciamos su nombre no necesitamos explicar de quién estamos hablando.
Decimos Manolete.
Y basta.