Opinión

Borja Jiménez: la grandeza del héroe frente al naufragio del 'toro de cristal'

El sevillano firmó en Las Ventas una gesta de valor auténtico ante un auténtico vía crucis ganadero, demostrando que la pureza cotiza al alza cuando se pisa el terreno del miedo.

Rubén Sánchez

Rubén Sánchez

Coordinador

8 de Junio de 2026
Borja Jiménez: la grandeza del héroe frente al naufragio del 'toro de cristal'
Madrid es, ha sido y deberá ser siempre la catedral del toro con trapío, casta y poder. Por eso, lo vivido en la tradicional corrida In Memoriam en Las Ventas deja un sabor agridulce: la indignación ante el desfile de la invalidez y, al mismo tiempo, la admiración más absoluta hacia un torero, Borja Jiménez, que demostró que el respeto a esta profesión se paga con la vida si es necesario. Tres veces se fue a portagayola, tres veces miró al demonio a los ojos en el umbral de los chiqueros, sabiendo que en los corrales habitaba la sombra del fracaso ganadero.

El primer tramo del festejo fue un insulto al aficionado torista. El baile de pañuelos verdes y los toros rodando por la arena de Domingo Hernández y Toros de Cortés evidenciaron, una vez más, las costuras del toro comercial que las figuras bendicen pero que Madrid vomita. El "toro de cristal", desprovisto de fondo y de fuerza, convirtió los tendidos en un polvorín de protestas legítimas. En medio de ese naufragio, con la plaza a la contra y el ambiente herido de crispación, cualquier espada de a pie se hubiera aliviado. Pero Borja no vino a Madrid a aliviarse; vino a rugir.

"El toreo no es un ejercicio de estética de salón, es un rito de vida o muerte. Y Jiménez se rompió por abajo, arrastrando la muleta donde los toros queman".

El milagro de la tarde llegó cuando saltó el quinto, un sobrero de El Torero que sí lucía el cuajo, la arboladura astifina y la seriedad que exige este coso. Ahí cambió el decorado. Al toro encastado y exigente, que pedía el carné en cada arrancada, el de Espartinas le plantó cara con la verdad por delante. El inicio de faena doblándose con él fue una lección de mando. Lo que vino después sobre la mano izquierda fue el toreo eterno: la muleta arrastrada, el cuerpo roto, llevando la embestida detrás de la cadera, ahí donde el pitón roza el muslo y la plaza ruge de verdad, no por postureo, sino por la emoción del peligro real. Esa faena, cimentada en la colocación idónea y en el sometimiento a un animal con transmisión, era de Puerta Grande inapelable en cualquier época dorada del toreo.

Antes, con el cuarto de Toros de Cortés, un animal con movilidad que el gran picador Alberto Sandoval midió con dos puyazos de época, Borja ya había rozado el triunfo con una tanda de rodillas de tremenda exposición. Sin embargo, torero, hay que decírtelo con la misma dureza con la que te admiramos: la gloria en Madrid se rubrica con el acero. El mal uso de la espada, emborronando con los aceros el castoreño de tus dos obras cumbres, te privó de cruzar la calle Alcalá a hombros.

Te fuiste a pie, sí, pero con el respeto unánime de una afición exigente que sabe distinguir entre el ventajismo de salón y la verdad del toreo macho. Has salvado una tarde de demonios con un esfuerzo titánico. La espada se entrena, Borja, pero el valor de colocarse en ese sitio y la capacidad de someter al toro serio solo lo tienen los elegidos. Madrid ya te espera para la próxima revancha.
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