El torero onubense firmó una tarde de gran contenido en Los Califas, mostrando firmeza, madurez y una ambición cada vez más evidente frente a un lote de exigencia y transmisión.
La presentación de David de Miranda en Córdoba confirmó el momento de evolución y confianza que atraviesa el diestro onubense. Más allá del resultado final, su paso por el coso cordobés dejó la sensación de estar ante un torero cada vez más hecho, más seguro de sus capacidades y con una personalidad artística que empieza a asentarse con fuerza.
Su primera actuación de la tarde estuvo marcada desde el inicio por la tensión, especialmente tras la fuerte cogida sufrida por el subalterno Fernando Pereira. En un ambiente inevitablemente condicionado por lo ocurrido, David de Miranda supo mantener la serenidad y afrontar la lidia con inteligencia y templanza.
El segundo toro ofreció nobleza y una embestida manejable, aunque exigía precisión y buen pulso para no romper su ritmo. Ahí apareció la versión más técnica y equilibrada del torero onubense. De Miranda administró muy bien las alturas y las distancias, toreando con suavidad, pero sin perder nunca el mando de la situación.
Hubo además un interesante concepto de cercanías, siempre desde la seguridad y el sitio, logrando conectar con los tendidos gracias a una faena de menos estridencia y más profundidad de lo que a simple vista podía parecer. La estocada efectiva terminó poniendo en sus manos una oreja que reconocía el conjunto de una labor seria y bien estructurada.
Pero fue en el quinto donde David de Miranda mostró toda su dimensión y posiblemente los momentos más intensos de la tarde. El toro tuvo poder, raza y una exigencia que obligaba a estar muy firme y convencido delante de la cara del animal. Y el onubense respondió con una faena cargada de personalidad y emoción.
Desde el planteamiento inicial se vio a un torero dispuesto a apostar fuerte, abriendo el compás, ganando terreno y llevando siempre la embestida muy sometida. Hubo autoridad, valor y también una evidente conexión emocional con el público, que entendió rápidamente la importancia de lo que estaba ocurriendo en el ruedo.
La faena creció especialmente por la actitud de De Miranda, capaz de pisar terrenos comprometidos sin perder nunca la compostura. Cada tanda tenía verdad y compromiso, construyendo una obra de notable dimensión que parecía encaminada a un triunfo importante.
Sin embargo, la espada volvió a cruzarse en el camino del éxito grande. El fallo con los aceros dejó escapar las orejas, aunque el público reconoció con fuerza la actuación y llegó a pedir un trofeo que finalmente el palco no concedió. La vuelta al ruedo, no obstante, terminó siendo el reflejo de una actuación que dejó huella y confirmó el importante paso adelante que está dando David de Miranda en plazas de responsabilidad.