Frente a la exigencia de los ‘victorinos’ y el runrún de Las Ventas, el diestro valenciano se coronó en San Isidro con una lección de torería descarnada y una estocada al recibir que ya es patrimonio de la memoria colectiva.
El idilio de Madrid con los toreros que deciden no guardarse nada es una de las pocas verdades inmutables que le quedan a la Fiesta. En una atmósfera cargada de misticismo y expectación, Román Collado no solo buscó la gloria en Las Ventas; fue a su encuentro sin escudos, descalzo de artificios y vestido de purísima y oro. Lo que se vivió en el cierre de San Isidro no fue una simple tarde de trofeos, sino la consagración de un concepto: el toreo concebido como un espejo del alma, con sus luces y sus sombras, pero siempre con el corazón expuesto.
El encuentro con ‘Gallardete’, el bravo astado de Victorino Martín que a la postre lideró la tarde, fue un monumento a la sinceridad. Román no intentó esconder los defectos ni maquillar las embestidas; aceptó el envite de Albaserrada con la mano diestra baja, ligando con temple y sometiendo la encastada condición de su oponente. Mientras el tendido de Sol se distraía en batallas ajenas al ruedo, en los medios se cocinaba una obra genuina. Incluso cuando al natural la música cambió y el eco decreció, el valenciano mantuvo el rumbo, recordándonos que su tauromaquia se sostiene en la autenticidad, lejos de la perfección robótica de otros escalafones.
Sin embargo, el billete al Olimpo de la Puerta Grande se firmó con un acto de fe absoluta. Clavar el acero en la suerte de recibir, en la inmensidad del platillo y a las ocho de la tarde, fue un desafío al destino. Se abrió el debate en los tendidos sobre el peso exacto de la faena, pero ante la estocada de la feria no hubo discusión posible: aquello fue la llave mágica que abrió el cielo de Madrid. Aunque el sexto toro desluciera el cierre con su cara arriba y la cruz de los aceros nos devolviera a la tierra, el veredicto ya estaba dictado. Frente al conformismo reinante o las tardes grises de sus compañeros de cartel, Román demostró que la gloria no se mendiga, se conquista apostando la vida a una sola carta.