El cimiento de una arquitectura eterna: casi tres siglos del genio de Costillares
En el aniversario del nacimiento del diestro del barrio de San Bernardo, su genial invención del volapié sigue siendo el pilar estético y ético sobre el que descansa la suerte suprema de la tauromaquia.

Manolo Herrera
Redactor

Un 20 de julio de 1729 abría los ojos al mundo en el sevillanísimo e histórico barrio de San Bernardo Joaquín Rodríguez de Castro, inmortalizado para los anales de la tauromaquia bajo el apodo de “Costillares”. Casi tres siglos nos separan de aquel nacimiento y, sin embargo, el eco de su genio no ha dejado de resonar en cada ruedo donde un hombre y un toro se citan a vida o muerte.
Hablar de Costillares no es únicamente desempolvar una de las páginas más antiguas del toreo de a pie; es reconocer la figura del verdadero arquitecto que estructuró el caos primordial de la fiesta de los toros para convertirlo en un arte reglamentado, bello y trágico. Ante él, el toreo era una lidia tosca, intuitiva y eminentemente defensiva. Tras su paso, el Arte de Cúchares encontró un rumbo, una lidia por chicuelinas, la invención del capote de brega tal y como hoy lo concebimos y el encorsetamiento de la suerte suprema bajo un canon insuperable.
Pero si un hito eleva a Costillares al altar de las divinidades taurinas, es sin duda la invención del volapié.
Hasta la llegada del maestro hispalense, rematar a un toro parado era una odisea que a menudo derivaba en el ridículo, la agonía prolongada o el percance grave. El toreo de la época exigía que fuera el toro el que acudiera a la cita con la espada —recibiendo—, dejando al matador a merced de la querencia y la parsimonia de un animal aplomado. Fue entonces cuando emergió la lucidez de Rodríguez de Castro: si el toro no acude al envite, debe ser el torero quien vuele sobre la cuna de los pitones.
El volapié no fue solo una solución técnica a un problema práctico; fue una revolución conceptual. Introdujo la física del engaño llevada al paroxismo: arrancar al toro hacia la muleta cruzada con la mano izquierda mientras el diestro se arroja con la diestra en una diagonal recta, limpia y certera. Una suerte de supremo equilibrio donde la rapidez no restaba majestad y donde el torero asumía todo el riesgo en una fracción de segundo.
Hoy, cuando vemos a un diestro del siglo XXI volcarse sobre el morrillo de un burel en el tercio de muerte, conviene hacer un ejercicio de memoria y gratitud. Detrás de ese embroque perfecto, del acero hundiéndose hasta la bola y del estallido de pañuelos blancos en la plaza, sigue latiendo la impronta inmortal de aquel niño de San Bernardo. Gracias a Costillares, la muerte del toro se convirtió en una obra de arte. Y tres siglos después, su sombra sigue siendo la más alargada y deslumbrante de la historia del toreo.


