Opinión

El lienzo del paseíllo: Historia, rito y evolución del capote de paseo

De la rústica capa de paño civil del siglo XVIII a la suntuosa armadura de seda, oro y devoción del torero contemporáneo.

Manolo Herrera

Manolo Herrera

Redactor

19 de Julio de 2026
El lienzo del paseíllo: Historia, rito y evolución del capote de paseo
Foto: imagen creada por IA
El paseíllo es, sin duda, el momento de mayor carga dramática y estética de la corrida de toros. Es el instante en que el silencio contenido se funde con los acordes del pasodoble, y los hombres avanzan solemnes hacia la incertidumbre del destino. En esa milimétrica coreografía de luces y sombras, hay una pieza que no solo viste al torero, sino que lo sacraliza: el capote de paseo.
Hoy en día lo concebimos como una obra de arte suntuaria, un estallido de seda, oro, plata y pedrería que se ciñe al cuerpo del lidiador como una armadura celestial. Sin embargo, para entender su mística, es necesario desplegar los pliegues del tiempo y viajar a sus orígenes, cuando la funcionalidad primaba sobre el fasto.
De la capa civil a la liturgia del ruedo
En los albores del toreo a pie, durante el siglo XVIII, el traje de luces no existía como tal. Los primeros lidiadores —aquellos hombres que bajaban de los caballos para desafiar al toro de tú a tú— vestían las ropas propias de su época. El capote de paseo no era más que la capa española de uso civil, una prenda de abrigo larga, confeccionada en paño oscuro, que los toreros utilizaban para resguardarse del frío o del viaje antes de entrar al recinto.
Con la evolución de la lidia y la necesidad de diferenciar al torero del público, las prendas empezaron a acortarse y a ganar en vistosidad. Joaquín Rodríguez "Costillares" y, posteriormente, Pedro Romero y "Pepe-Hillo" introdujeron las primeras reformas estéticas. La capa civil, pesada y larga, se recortó considerablemente hasta la altura de las rodillas y adoptó una forma semicircular, naciendo así el "capotillo".
Aún no se bordaba con el esmero actual, pero ya empezaba a cumplir una doble función: la de gala para la presentación ante la autoridad y el público, y la de sutil "escudo" protector antes de que el capote de brega —el de torear— tomara el protagonismo.
El siglo XIX: La explosión del bordado y la seda
Fue a mediados del siglo XIX, coincidiendo con la fijación del traje de luces tal y como lo conocemos, cuando el capote de paseo experimentó su verdadera metamorfosis artística. El paño de algodón y lana cedió su lugar al raso y a la seda, tejidos que aportaban un brillo y una caída incomparables bajo el sol de la tarde.
Los talleres de sastrería civil y militar de Madrid, Sevilla y Valencia comenzaron a especializarse en la vestimenta taurina. Los bordados en oro y plata cobraron una complejidad asombrosa. Motivos florales, hojas de acanto, madroños y filigranas barrocas empezaron a poblar la superficie de la prenda.
Fue en esta época cuando el capote adquirió su silueta definitiva: un corte decreciente que se ajusta a los hombros mediante la "esclavina" (esa pieza superior superpuesta) y que el torero lía con maestría alrededor de su brazo izquierdo, dejando la mano derecha libre para montera y saludo.
El siglo XX y el refugio de la fe
Con la llegada de la edad de oro del toreo, de la mano de Joselito y Belmonte, el capote de paseo sumó a su indiscutible valor estético una dimensión profundamente espiritual. El torero, expuesto a la finitud de la existencia en cada tarde, buscó la protección divina no solo en sus oraciones de hotel, sino sobre su propio cuerpo.
Es aquí donde irrumpen con fuerza las imágenes religiosas bordadas. El capote de paseo se convirtió en un altar portátil. Rostros minuciosamente perfilados con hilos de seda de la Virgen de la Macarena, el Gran Poder, la Virgen del Rocío o la de la Caridad empezaron a presidir las esclavinas y los centros de los capotes. Cada puntada de la sastrera era un talismán; cada bordado, una súplica de protección.
Paralelamente, figuras como Ignacio Sánchez Mejías o posteriormente Luis Miguel Dominguín y el propio Antonio Ordóñez, impulsaron variaciones cromáticas y motivos más vanguardistas (como los picassianos en las goyescas), demostrando que la prenda era también un reflejo de las corrientes artísticas del momento.
Nuestros días: Entre la artesanía pura y el coleccionismo
En pleno siglo XXI, el capote de paseo sigue siendo una pieza insustituible del rito. Mientras que el traje de luces ha evolucionado buscando la ligereza y la elasticidad de los materiales modernos para facilitar el movimiento frente al toro, el capote de paseo se resiste a perder un solo gramo de su majestuosidad clásica.
Sastrerías históricas y artesanos contemporáneos siguen dedicando cientos de horas de trabajo manual a una sola pieza. Un capote de paseo de primera categoría es hoy una joya que puede superar el valor del propio traje de luces, convirtiéndose en objeto de culto, herencia familiar para los toreros y pieza de colección para museos y bibliófilos.
Además, mantiene intacto su protocolo: tras el paseíllo, el torero lo entrega con mimo a un ser querido, a una persona de confianza o a un espectador selecto para que adorne el tapete de la barrera, permaneciendo allí, como un testigo mudo de seda y oro, durante toda la lidia.
Conclusión
El capote de paseo es el hilo conductor que une al héroe mitológico con el hombre moderno. Ha sobrevivido a modas, censuras y transformaciones técnicas porque representa la parte más pura de la ceremonia taurina: la belleza antes de la tragedia. Desde aquella tosca capa de paño deochochesca hasta los prodigios de orfebrería textil de nuestros días, esta prenda sigue demostrando que en el toreo, vestir la piel del artista es el primer paso para rozar la inmortalidad.

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