El que no cobra
Como todos sabemos, en el mundo del toro cobra todo el mundo

Manolo Herrera
Redactor

La tauromaquia es una liturgia hermética, difícil de modificar en sus aspectos esenciales más allá de los cambios reglamentarios, ya sean nacionales o autonómicos. Sin embargo, siempre he pensado que hay ciertos elementos de esa liturgia perfectamente engrasada que es el arte de Cúchares que deberían evolucionar. Y no, no hablo de alterar la esencia de la fiesta, sino de acercarla un poco más al siglo XXI.
Como todos sabemos, en el mundo del toro cobra todo el mundo: desde el arenero hasta quien abre la puerta de chiqueros; cobran los mozos de espadas, los banderilleros, los ganaderos y, por supuesto, los toreros. Pero en esta liturgia donde todos perciben honorarios, hay una figura de enorme responsabilidad que trabaja, literalmente, por amor al arte.
Me refiero al presidente o presidenta de un festejo taurino.
Una labor silenciosa y compleja que comienza mucho antes de que se abra el paseíllo, prácticamente 24 horas antes del festejo. Una responsabilidad que implica revisar chiqueros, aprobar las reses que se van a lidiar y, finalmente, exponerse en el palco ante el juicio —muchas veces despiadado— de aficionados y profesionales.
Y ahí está la paradoja: mientras sus asesores, tanto el veterinario como el artístico, sí cobran por su trabajo, quien toma la decisión final y da la cara no percibe ni un solo euro. Y para colmo, en demasiadas ocasiones, lo más amable que escucha desde el tendido es un insulto dirigido a su persona o a su familia.
Por eso creo que ha llegado el momento de replantear esta figura imprescindible de la fiesta. No para eliminarla, sino para dignificarla.
¿Qué cambiaría yo?
Primero, otorgaría mayor peso en la aprobación de los astados a los profesionales veterinarios colegiados, que para eso han dedicado años de estudio y preparación.
Segundo, crearía equipos provinciales de presidencia en aquellas provincias donde se celebren festejos taurinos, diferenciados según la categoría de las plazas y formados por personas debidamente acreditadas y preparadas, algo parecido a lo que ocurre con los árbitros en el fútbol.
Y tercero, establecería unos honorarios acordes a la categoría de la plaza y a la responsabilidad que implica ocupar el palco presidencial.
Todo esto requeriría un desarrollo mucho más amplio del que permiten estas pocas líneas. Pero ahí queda la idea. Llámenme loco si quieren, pero así es como yo veo las cosas.


