Opinión

El templo sin paredes: la pedagogía del respeto en el rito taurino

Frente a la inmediatez del ruido contemporáneo, la liturgia exige una educación ética donde la dignidad del animal, la entrega en el ruedo y el saber estar del aficionado fuera de él sostienen la verdad del toreo.

Manolo Herrera

Manolo Herrera

Redactor

13 de Septiembre de 2026
El templo sin paredes: la pedagogía del respeto en el rito taurino
Foto: imagen creada por IA
Existe un código no escrito que transforma un coso de piedra y arena en un espacio sagrado. No se trata únicamente del colorido de los capotes, la solemnidad del clarín o el brillo de los trajes de luces. Lo que verdaderamente vertebra la tauromaquia y sostiene la catedral invisible de la lidia es una norma moral tan antigua como el propio rito: la pedagogía del respeto. En un tiempo dominado por la prisa, la estridencia y el consumo efímero, la tauromaquia permanece como uno de los últimos reductos donde el saber estar, la jerarquía y el honor dictan cada movimiento.

La liturgia taurina no arranca con el paseíllo, sino en la concepción misma del animal. Decía el ensayista José Bergamín que torear es "desengañar al toro, no engañarlo. Burlarlo, pero nunca burlarse de él". En esa distinción reside la piedra angular de esta manifestación secular. El respeto al toro bravo —a su entrega, a su casta y a su dignidad soberana— es la base sobre la que descansa toda la arquitectura de la tarde. Cuando el astado embiste con la vida en los pitones, la respuesta del torero no puede ser el histrionismo ni la ventaja, sino la entrega ética, la pureza del cite y la verdad de la colocación. Flanquear esa frontera y caer en el desprecio hacia el animal invalida de inmediato la belleza plástica del arte de lidiar.
Sin embargo, esta exigencia de dignidad no atañe en exclusiva a los hombres vestidos de luces, ni se agota cuando se doblan los capotes. El tendido es el verdadero custodiador del rito, y su educación es la que otorga o retira el valor a lo que sucede en el ruedo. Un tendido educado sabe cuándo el silencio es más elocuente que la ovación; entiende la solemnidad del tercio de varas y respeta el momento supremo de la suerte de matar. El aplauso desenfrenado a la imperfección o el vocerío fuera de lugar degradan el espectáculo; por el contrario, el juicio severo pero justo de la afición preserva la autenticidad de la Fiesta.
Pero la condición de taurino no es un traje que uno se quita en la puerta de toriles. Como sentenció el maestro Juan Belmonte en su célebre máxima —«se torea como se es»—, la ética taurina trasciende los límites de la plaza y se proyecta en la vida cotidiana. Ser taurino lejos del ruedo exige encarnar los mismos principios que se le reclaman a la terna: la caballerosidad, el respeto a la palabra dada, la empatía frente a la discrepancia y una pulcritud en las formas que rehúsa la provocación. En una sociedad a menudo polarizada, el aficionado educado no responde al ataque con el insulto, ni a la incomprensión con la soberbia. Su mejor defensa de la Fiesta radica en una conducta ejemplar en la calle, en las tertulias y en las redes sociales, sabiendo que la elegancia y la tolerancia son los mejores embajadores de la tauromaquia.
Transmitir esta pedagogía integral es la única garantía de supervivencia para el arte del toreo. Enseñar al que empieza que la plaza exige silencio en la cita y rigor en el juicio, y que la vida civil requiere la misma nobleza de ánimo que se le exige al diestro, no es un mero capricho tradicionalista. Es la diferencia entre mantener vivo un rito trágico y profundo o dejar que se devalúe. Sin la educación taurina como cimiento —dentro y fuera del recinto—, el templo se derrumba; con ella, la verdad de la lidia seguirá siendo una filosofía de vida donde el respeto es la única forma posible de estar en el mundo.

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