Opinión

Morante de la Puebla, una faena para guardar en la memoria

Morante de la Puebla escribió en Albacete una de esas páginas que no necesitan demasiadas explicaciones. Dos orejas y una vuelta al ruedo larguísima fueron el reconocimiento a una actuación de enorme dimensión, especialmente ante un cuarto al que el sevillano supo enseñar, consentir y transformar hasta llevarlo a cotas que parecían difíciles de imaginar en sus primeros compases.

Rubén Sánchez

Rubén Sánchez

Coordinador

13 de Septiembre de 2026
Morante de la Puebla, una faena para guardar en la memoria
Morante ya había dejado su sello con el primero de la tarde, un toro de buenas hechuras, acapachado y bien presentado de perfil, noble y con buen embroque, al que recibió con verónicas de gusto que levantaron los primeros olés. Tomó dos puyazos y llegó al último tercio conservando su nobleza, aunque con cierta falta de transmisión y de fuelle. El sevillano construyó una faena de mucho sabor, sin apoyarse en inercias, ligando los muletazos y conduciendo las embestidas con notable ajuste. Hubo reunión, temple y torería en una labor que tenía la oreja en la mano, pero la espada terminó por negarla. Un pinchazo y media estocada dejaron todo en una ovación.

Pero lo que ocurrió con el cuarto fue otra historia. El toro salió de chiqueros algo encogido y en sus primeros compases llevó las embestidas por dentro. Morante no quiso precipitarse y decidió apostar por él desde el embroque más comprometido, consintiendo al animal, enseñándole el camino y consiguiendo poco a poco que sus embestidas fueran ganando entrega. Fue un ejercicio de máxima exposición y de un conocimiento extraordinario, con el sevillano cada vez más ajustado y encontrando ese sitio en el que su toreo adquiere una dimensión especial. El toro fue respondiendo y la faena creció de manera pausada, sin artificios, hasta que terminó entregándose por completo. Entonces apareció el Morante capaz de convertir una faena importante en una actuación extraordinaria. Los muletazos fueron ganando profundidad, los olés rompieron el silencio de la plaza y la sensación de estar ante algo diferente se hizo evidente en los tendidos.

No hizo falta música para acompañar aquella faena. El verdadero concierto estaba sucediendo en el ruedo. Morante había conseguido transformar las dificultades iniciales del toro en una obra de toreo de enorme dimensión, basada en el temple, el ajuste, la paciencia y la capacidad para encontrar la virtud allí donde no aparecía de primeras. La estocada puso el broche que exigía la tarde y esta vez sí llegaron las dos orejas, acompañadas después por una vuelta al ruedo lenta, solemne y larguísima, a la altura de una actuación que ya queda entre las grandes de Morante de la Puebla esta temporada.

Porque más allá de los trofeos, lo que deja esta tarde es la sensación de haber contemplado a un torero haciendo algo que está al alcance de muy pocos: conseguir que el toro crezca, que la faena crezca con él y que una plaza entera termine entendiendo que está delante de un momento especial. Morante no se limitó a aprovechar las condiciones de un toro; fue capaz de descubrirlas y llevarlas hasta su máxima expresión. Y cuando eso sucede, las dos orejas dejan de ser simplemente un premio para convertirse en el reconocimiento de una faena destinada a permanecer en la memoria de Albacete.

Más noticias de Opinión