Esta es mi sangre

Pablo García
Redactor

La transustanciación. El momento más sagrado de la liturgia. El sacerdote se inclina para reproducir las palabras de Jesús cuando, durante la última cena, tomó pan y vino. Él mismo los bendijo, y dando gracias a Dios los repartió anunciando que aquello era su cuerpo y sangre que entregaba al mundo para el perdón de los pecados.
Ocurre de nuevo en el momento del ofertorio eucarístico. Se ofrece la crucifixión de Cristo en un rito trascendental que recuerda el Viernes Santo. Y claro que es una vejación, un ultraje. Participo hasta de quien lo considera maltrato. Pero en el derramamiento de la sangre de Jesús de Nazaret no se enaltece a Poncio Pilato, sino a un mesías que se entrega en beneficio de sus iguales.
Entender la lidia de un toro como muerte y no como sacrificio comprende la misma magnitud. Es un error rigurosamente voluntario. Para ejercicios como este sirve la teoría del silogismo: el toro es el sacrificado y el torero ejerce de ejecutor, con la diferencia de que, al contrario que los romanos, el lidiador expone su vida. Luego, el respeto y delicadeza con el animal son inherentes a la liturgia.
Quizá merezca menos explicación el perfil del público que asiste a ambas secuencias. En el monte del Calvario estaban María, postrada ante la cruz, y Pedro, elegido con la responsabilidad de la sucesión. Pero también había romanos, que se jactaban de aquello como afrenta. No nos engañemos. En los tendidos hay aficionados con criterio y sentido del respeto, pero también hay quien aprovecha la jugada, el ambiente, para jalear. Por ejemplo, contra el presidente del Gobierno. Es lo máximo que pueden aportar.
Pero no entender la ceremonia no es pecado. Y lo digo también por los manifestantes de ayer en Pamplona. Vestir a un hombre de Jesucristo ensangrentado alegando el quinto mandamiento solo evidencia un profundo desconocimiento de ambos credos. Porque ellos, me atrevo a decir que la mayoría sin fe, también utilizan la religión a su antojo.
Es la misma indigencia intelectual, ramplona y oportunista, que alimenta una demagogia instrumental. No tienen reparo en que se les pueda identificar como hirientes de la inteligencia. Y es ahí donde el activismo de pancarta pierde toda credibilidad y catadura moral. Porque se mueven entre el desconocimiento técnico y el cinismo más absoluto cada vez que intentan abanderarse símbolos que ni comprenden ni respetan. A la vista está.
«Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre» (Filipenses 2:8-11).


