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La tarde en que El Puerto de Santa María se rindió a su torero: más de medio siglo del hito de José Luis Galloso

Un 18 de julio de 1971, el rincón gaditano cinceló en letras de oro una de las alternativas más apoteósicas de la historia taurina, consagrando a un espada fundamental para entender la pureza del toreo.

Manolo Herrera

Manolo Herrera

Redactor

18 de Julio de 2026
La tarde en que El Puerto de Santa María se rindió a su torero: más de medio siglo del hito de José Luis Galloso
Hay fechas que nacen con el destino marcado, tardes en las que los planetas del toreo se alinean para dar la bienvenida a un elegido. El 18 de julio de 1971 es, por derecho propio, una de las efemérides más brillantes, puras y rotundas del último siglo taurino. Ocurrió en la monumental Plaza de Toros de El Puerto de Santa María, el patio de su casa, el templo que terminaría convirtiéndose en el bastión inexpugnable de un torero de época: José Luis Galloso.

Aquel día no fue una alternativa cualquiera; fue una eclosión. Frente a su afición, Galloso no solo pidió el doctorado, sino que dictó una cátedra de ambición, técnica y ese duende tan propio de las tierras gaditanas. El cartel ya destilaba un aroma a historia viva: el maestro Antonio Bienvenida, espejo de torería y señorío, oficiaba de padrino cediendo los trastos, mientras que el arrojo y la fuerza arrolladora de Palomo Linares atestiguaban la ceremonia desde la condición de testigo.

El toro de la ceremonia, un astado de la prestigiosa y noble ganadería de Carlos Núñez, llevaba por nombre "Inclusero". En las manos de Galloso, aquel astado se convirtió en el prólogo de una obra de arte total. El toricantano cuajó una faena de una dimensión excelsa, uniendo la frescura de su juventud con un compás y una ligereza de manos que dejaron atónitos a los maestros. El resultado de aquella primera obra fue el preludio de un vendaval: dos orejas y rabo.

Pero los genios no se conforman con abrir la Puerta Grande a la primera; la derriban por completo. Con el segundo toro de su lote, lejos de aliviarse o dejarse llevar por el triunfo rotundo que ya tenía en el esportón, José Luis Galloso volvió a salir a por todas. Otra faena de bandera, otro ejercicio de entrega absoluta y otra lección de cómo se somete la bravura con la naturalidad del que ha nacido para vestir de luces. El balance final de la tarde roza lo legendario: cuatro orejas y dos rabos en el día de su alternativa. Una gesta descomunal que muy pocos elegidos pueden lucir en sus hojas de servicios.

Más allá de los fríos números y de los despojos paseados en triunfo, lo que verdaderamente se consagró aquella tarde de julio fue una figura indispensable para entender la idiosincrasia del toreo portuense. José Luis Galloso no fue un torero de paso; se convirtió en el amo y señor de la Plaza Real de El Puerto, un diestro de una regularidad asombrosa capaz de cuajar toros de todos los encastes con un sello inconfundible de pureza, quietud y prestancia.

Hoy, al rememorar aquella efeméride, la perspectiva del tiempo no hace más que engrandecer lo que allí sucedió. No se trató solo de un triunfo numérico arrollador, sino del nacimiento de una figura que honró la profesión y que, desde aquel bendito 18 de julio de 1971, dejó claro que su nombre quedaría ligado para siempre a la gloria del toreo.
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