Opinión

Pablo Aguado esculpe el triunfo desde el Olimpo del natural

Frente al clamor de la Monumental, el diestro sevillano impone la ley del temple, la torería de trazo lento y la elegancia suprema para abrir la Puerta Grande.

Rubén Sánchez

Rubén Sánchez

Coordinador

7 de Junio de 2026
Pablo Aguado esculpe el triunfo desde el Olimpo del natural
Foto: Eduardo Porcuna
El arte verdadero no necesita gritar para conmover, y Pablo Aguado lo volvió a refrendar en una de esas tardes granadinas que se guardan en la memoria del paladar. En medio del bullicio de una plaza abarrotada y del volcán de emociones que supuso el improvisado tercio de banderillas en el que también quiso dejar su impronta, el sevillano ofreció la réplica perfecta: la de la quietud, la naturalidad y el compás aterciopelado. Su triunfo, coronado con una inapelable Puerta Grande, fue el contrapeso estético idóneo en una tarde de arrebato.

Cuando Aguado se quedó a solas con el tercero en los medios de la Monumental, el fondo de bravura del astado de Álvaro Núñez encontró el cauce idóneo. Fue sobre el pitón izquierdo donde el sevillano cinceló los mejores pasajes de la feria, toreando con una cadencia y un temple soberbios, suavizando los defectos del toro con bellísimos remates por bajo y molinetes cargados de sello propio. Pero fue en el sexto donde su concepto alcanzó la dimensión de lo sublime: encajado de riñones, hundido el mentón en el pecho y regalando unos trincherazos de cartel que destilaban felicidad. Pablo Aguado demostró en Granada que, cuando se torea desde la pureza y el ensimismamiento, el toreo se convierte en un bálsamo eterno.
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