Alejandro Talavante volvió a ofrecer en la plaza una de esas tardes en las que su toreo aparece con una naturalidad difícil de explicar. Dos orejas ante el tercero y otra más frente al sexto confirmaron la madurez de un torero que, cuando encuentra el punto de inspiración, es capaz de convertir cada muletazo en una expresión de personalidad y hacer que una plaza entera se entregue a su manera de entender el toreo.
Talavante salió decidido desde el primer momento con el tercero de Juan Pedro Domecq, al que recibió con variedad, comenzando con faroles para continuar con verónicas y gaoneras hasta llevarlo a los medios. Después del caballo volvió a mostrar su repertorio en un quite por saltilleras y gaoneras, antes de iniciar la faena de muleta de rodillas en el centro del ruedo. La primera tanda ya tuvo una dimensión extraordinaria y marcó el camino de una faena en la que el torero encontró un compañero de viaje de buenas cualidades. Talavante estuvo inspirado, entregado y dispuesto a aprovechar cada posibilidad, encontrando sus momentos de mayor profundidad por el pitón izquierdo, donde el toreo adquirió una expresión especial. Por el derecho imprimió intensidad a los muletazos y consiguió llevar la emoción a los tendidos, antes de cerrar la faena acortando las distancias y mostrando una versión rotunda y personal en la cercanía. El pinchazo inicial no deslució una gran estocada posterior que puso en sus manos las dos orejas.
El sexto volvió a encontrar a Talavante en un momento de madurez. El jabonero de Juan Pedro Domecq tuvo buena condición y el pacense supo construir la faena sin prisas, después de un recibo capotero de verónicas y chicuelinas. Tras llevarlo a los medios con varios trincherazos, comenzó a encontrar el ritmo del animal y fue ligando los muletazos con temple y conocimiento, dejando que la faena creciera de manera natural. Talavante entendió las posibilidades del toro y supo administrar sus virtudes para llevarlo cada vez más metido en la muleta. La intensidad fue aumentando conforme avanzaba la labor y la plaza terminó entregándose especialmente en el tramo final, cuando el torero se ajustó con las manoletinas. Una primera entrada a matar defectuosa dio paso a una estocada que le permitió cortar otra oreja.
Tres orejas que hablan de una tarde triunfal, pero que también dejan algo más importante: la sensación de estar viendo a un Talavante asentado, maduro y capaz de expresar su personalidad sin necesidad de forzar el toreo. Ante el tercero apareció el artista inspirado, el torero capaz de cambiar el ritmo de una plaza con la profundidad de un natural; ante el sexto, el profesional que sabe leer al toro, darle su tiempo y construir el triunfo desde el temple y la inteligencia. Dos versiones diferentes de un mismo torero que vuelve a demostrar que cuando Alejandro Talavante encuentra su sitio, el toreo adquiere una dimensión distinta, imprevisible y profundamente personal.