La tarde del 17 de julio de 1963 quedó grabada para siempre en la historia de la tauromaquia. La plaza de Tarazona de Aragón fue escenario de una de las cornadas más graves que ha sufrido un torero. Jaime Ostos estuvo al borde de la muerte tras ser corneado por el toro "Nevado", pero consiguió sobrevivir. Años después, el propio diestro sorprendió al relatar la experiencia que vivió durante aquellos dramáticos instantes.
La corrida se desarrollaba con normalidad en la
plaza de Tarazona de Aragón. Compartían cartel el
rejoneador Ángel Peralta y los matadores El Viti, Vicente Fernández "El Caracol" y Jaime Ostos, que lidiaban toros de la
ganadería salmantina de Hermanos Ramos Matías.
El primer toro del lote de Ostos era "Nevado", marcado con el número 69. El animal presentaba dificultades por el pitón derecho y el fuerte viento complicaba el manejo de la muleta. En uno de los naturales, una violenta ráfaga descubrió el cuerpo del torero. El toro aprovechó el instante para prenderlo de lleno.
La cornada fue devastadora. El pitón alcanzó la arteria ilíaca externa, provocando una hemorragia masiva. Mientras la sangre brotaba sin control, Ostos fue trasladado de urgencia a la enfermería de la plaza.
Las condiciones sanitarias eran muy limitadas y la situación resultaba desesperada. Ante la gravedad del momento, Ángel Peralta organizó una rápida campaña entre los aficionados para conseguir donantes de sangre. Decenas de personas respondieron de inmediato, formando largas colas para ayudar al torero. Las transfusiones tuvieron que realizarse con los escasos medios disponibles, una actuación que resultó decisiva para salvar su vida.
Durante los días siguientes, el pronóstico fue extremadamente grave. Algunos periódicos llegaron incluso a publicar por error la noticia de su fallecimiento y se preparó un acta de defunción que nunca llegó a hacerse efectiva. Jaime Ostos permaneció cerca de un mes entre la vida y la muerte antes de iniciar una lenta recuperación.
Con el paso de los años, el diestro reveló una experiencia que vivió durante aquellos momentos críticos. Afirmó que era capaz de verse desde fuera de su cuerpo, observando la camilla, a los médicos y a Ángel Peralta mientras luchaban por salvarle. También recordó haber sentido una profunda paz y una intensa sensación de bienestar, aunque aseguró que nunca vio el conocido túnel de luz del que hablan otros testimonios. En su lugar, describió una transición rodeada de colores que nunca volvió a contemplar.
Aquella tarde trascendió el ámbito taurino para convertirse en uno de los episodios más impactantes de la historia de la tauromaquia. No solo por la gravedad de la cogida, sino por el extraordinario relato que Jaime Ostos compartiría años después sobre su experiencia cercana a la muerte, convirtiendo la corrida de Tarazona en un acontecimiento inolvidable.