El torero sevillano desata el delirio en la Real Maestranza con una obra cumbre al natural, sumando un triunfo rotundo junto a José María Manzanares y Diego Ventura en la Tradicional Corrida Goyesca , Morante no tuvo opciones de triunfo.
La Real Maestranza de Caballería de Ronda ha vivido un acontecimiento histórico para el recuerdo en el marco del tercer festejo de la Feria de Pedro Romero 2026, celebrada con un lleno absoluto de ‘No hay billetes’. La corrida goyesca reunió a un cartel de máximas figuras con astados de David Ribeiro Telles (para rejones, lidiado en primer lugar) y de la ganadería de Garcigrande.
El rejoneador Diego Ventura abrió la tarde con una actuación cumbre ante un astado de Ribeiro Telles parado y falto de celo. A lomos de ‘Guadalquivir’ lo enceló, elevó la temperatura de los tendidos con los quiebros espectaculares de ‘Lío’ sobre el ruedo maestrante y coronó su paso con ‘Bronce’, al que quitó el cabezal para dejar un par de banderillas dándole los pechos y provocando al toro a morder el pitón. Tras enterrar el rejón de muerte, paseó las dos primeras orejas del festejo.
Morante de la Puebla se marchó de vacío tras lidiar a su lote en una tarde de evidente esfuerzo. En su primer turno, ante un toro largo y deslucido que se estropeó el pitón izquierdo sin que el palco estimara su devolución, abrevió tras dejar un gran trincherazo de cartel. Con el quinto de la tarde, un animal deslucido e informal que nunca se entregó, el cigarrero se esforzó y dejó chispazos, detalles y muletazos sueltos de gran torería al natural antes de ser ovacionado.
José María Manzanares protagonizó una de las cumbres de la tarde frente al sexto, un ejemplar de Garcigrande con nobleza y clase aunque justo de raza. El alicantino construyó una labor de menos a más, luciendo la ligazón y el temple característicos de su tauromaquia para apretar al animal por abajo por el pitón derecho y abrocharlo con un despacioso cambio de mano. La estocada recibiendo fue fulminante y caló con fuerza en los tendidos, desatando el delirio y el corte de dos orejas.
Previamente, con el tercero, un animal noble pero muy justo de poder que también se dañó el pitón izquierdo tras el paso por el caballo, había firmado una labor templada y medida saldada con silencio.
Juan Ortega firmó una actuación colosal que ya forma parte de la historia del centenario coso rondeño. El diestro de Triana deslumbró ya en el cuarto con un recibo capotero prodigioso a la verónica, rematado con una media abelmontada y un galleo por chicuelinas muy torero. Con la muleta cuajó una obra arrebatada, profunda y rotunda jalonada de naturales de categoría y un circular que puso al público en pie, cortando una oreja con fuerte petición de la segunda tras aviso. Aún faltaba el éxtasis definitivo en el séptimo toro, un animal falto de brío inicial que Ortega bordó a la verónica antes de recetar una faena al natural de ensueño: de uno en uno, a cámara lenta, con absoluta pureza y profundidad, deletreando un toreo estratosférico que hizo crujir la plaza en ‘olés’ unánimes antes de rubricarlo con una gran estocada y sumar otras dos orejas que le abrieron la puerta grande junto a sus compañeros.