Borja Jiménez impone su ley en Olivenza a golpe de muleta y abre la Puerta Grande con autoridad
El torero de Espartinas volvió a dejar patente su momento de plenitud en una mañana de oficio, poder y temple. Ante un lote de distinta condición, Borja Jiménez supo leer las embestidas, someterlas y arrancarles el triunfo hasta conquistar una Puerta Grande que habla del torero firme y maduro que hoy pisa los ruedos.
Rubén Sánchez
Coordinador

La mañana comenzó con un toro castaño de presencia cuajada perteneciente a La Ventana del Puerto, aún marcado por el pelaje propio del invierno. A su salida, Borja Jiménez lo saludó con verónicas de buen gusto, intentando fijar a un animal que desde el inicio mostró querencia hacia los terrenos de tablas. A pesar de esa tendencia, el toro dejó entrever cierta nobleza por el pitón derecho, circunstancia que el sevillano no tardó en aprovechar.
Fue precisamente por ese lado por donde el torero de Espartinas cimentó una labor basada en el mando y la firmeza. Con la diestra, Borja Jiménez llevó la embestida con poder, sometiendo al astado y obligándolo a seguir la muleta. La faena fue creciendo a medida que el matador ganaba terreno y confianza, alcanzando su momento más rotundo en una última tanda ejecutada en los adentros, donde el toro terminó por entregarse. Una estocada desprendida puso fin a la obra y le valió el corte de una oreja, mientras que la petición de la segunda quedó en un clamor menor.
El cuarto de la mañana, de la ganadería de Domingo Hernández, presentó un comportamiento bien distinto. Salió acusando falta de fuerzas en los remos, aunque en su interior guardaba una embestida de gran calidad. Ese déficit físico marcó el desarrollo de la lidia y obligó a Borja Jiménez a plantear una faena medida, de paciencia y buen pulso.
El sevillano entendió pronto que la clave estaba en templar y dosificar, especialmente al natural. Con la muleta en la zurda logró dibujar muletazos largos y sentidos, sujetando la embestida y administrando los tiempos con inteligencia para no quebrar la frágil condición del toro. Poco a poco, la faena fue tomando vuelo y el torero consiguió el lucimiento necesario para redondear una actuación de mérito. Tras una estocada eficaz, llegó la oreja que abría de par en par la Puerta Grande, premio al oficio y a la capacidad de un torero que atraviesa uno de los momentos más sólidos de su carrera.






