Opinión

El salto al trascuerno de Paquiro y la pérdida de la variedad lírica en el ruedo

Hoy, casi dos siglos después, aquella genialidad duerme el sueño de los justos

Manolo Herrera

Manolo Herrera

Redactor

13 de Julio de 2026
El salto al trascuerno de Paquiro y la pérdida de la variedad lírica en el ruedo
Un día como hoy, un 13 de julio pero de 1835, la vieja plaza de la Puerta de Alcalá de Madrid presenciaba un hito de pura inventiva y agilidad: Francisco Montes "Paquiro", coloso y legislador del toreo moderno, ejecutaba por primera vez en la villa y corte el salto al trascuerno. Una suerte de espectacular belleza en la que el lidiador, desafiando las leyes de la física y burlando la acometida de la res por el pitón contrario, volaba sobre la testuz del astado apoyándose apenas en sus manos o en su propia intuición.

Hoy, casi dos siglos después, aquella genialidad duerme el sueño de los justos. El salto al trascuerno ha pasado a engrosar la trágica y extensa lista de suertes caídas en el olvido, borradas del mapa por la evolución —o más bien involución— de una tauromaquia contemporánea que parece haber canjeado su histórico abanico de colores por un gris uniforme.

El empobrecimiento del catálogo taurino
El problema no es la nostalgia estéril; es la preocupante pérdida de registros. La tauromaquia actual sufre de una preocupante estandarización. Se ha priorizado de forma casi obsesiva un único tipo de faena basado en la excelsa e innegable perfección del pase natural y el derechazo, pero arrinconando la inmensa riqueza geométrica que el toreo posee en su ADN.

Hemos pasado de una lidia rica en soluciones, donde cada toro dictaba un libreto distinto, a un esquema rígido. Si el animal no sirve para el patrón preestablecido, la faena se vacía de contenido.

Desaparecido el salto al trascuerno, arrinconadas las navarras, las serpentinas en su concepción original, o la variedad en los quites y en el tercio de banderillas, el espectáculo se vuelve peligrosamente monocromático. El toreo, que nació como una demostración de poder, ingenio y variedad ante la diversidad de las embestidas, se ha encerrado a sí mismo en un corsé estético tan perfecto como a veces previsible.

Recuperar la memoria de hombres como Paquiro no es un mero ejercicio de arqueología taurina. Es una llamada de atención para recordar que el futuro de la Fiesta no pasa por la homogeneidad del toro y del torero, sino por la defensa a ultranza de su maravillosa e imprevisible pluralidad.

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