El novillero mexicano repasa su camino desde Aculco hasta España, reflexiona sobre las dificultades de abrirse paso en el toreo y reivindica la importancia de la convicción, los sueños y la felicidad más allá de los triunfos
Emiliano Osornio pertenece a esa generación de novilleros que ha tenido que construir su carrera lejos de casa, a base de sacrificio, paciencia y una firme creencia en sí mismo. Nacido en Aculco (México) y formado entre dos continentes, el novillero con picadores continúa dando pasos en España mientras persigue el sueño de convertirse en figura del toreo.
Sin embargo, detrás de la ambición profesional aparece una reflexión mucho más profunda. Cuando se le pregunta por el sueño que aún le quita el sueño cada noche, Osornio sorprende con una respuesta alejada de los tópicos: “Ser feliz y estar pleno conmigo mismo. Ese es el sueño con el que me desvelo todos los días”.
Una declaración que resume la madurez de un torero que ha aprendido a convivir con la incertidumbre de una profesión tan exigente como la taurina.
Curiosamente, el propio Emiliano reconoce que todavía hoy no sabe explicar qué fue lo que le llevó a querer ser torero siendo un niño en una familia sin tradición taurina.
“Cuando era niño y le dije a mi padre que quería ser torero fue sin ningún tipo de conciencia. No sé muy bien qué fue lo que me llamó la atención en ese entonces. Por ese tipo de cosas es cuando uno sabe que Dios tiene planes muy bonitos para cada uno”, afirma.
Aquel sueño infantil estuvo cerca de tambalearse durante la adolescencia. El mexicano reconoce que convivió durante años con muchas dudas e inseguridades hasta que encontró una respuesta definitiva.
“Con 16 o 17 años puse mis pensamientos y sentimientos sobre la mesa y vi que había más buenos que malos. Ahí me di una respuesta coherente y sincera”.
Su carrera dio un giro decisivo cuando decidió cruzar el Atlántico para abrirse camino en España. Una decisión valiente que, según reconoce, ha tenido momentos especialmente difíciles.
“La espera sin duda, la incertidumbre de si lo lograrás, el miedo a las consecuencias malas de una decisión así”, explica al recordar los obstáculos encontrados lejos de su país.
A pesar de ello, los resultados llegaron. Triunfos como el prestigioso Zapato de Oro de Arnedo o sus destacadas actuaciones en Las Ventas confirmaron que el esfuerzo iba dando sus frutos.
“Fue una lección más para mí mismo, de que cuando hay esfuerzo y convicción en lo que tú eres, hay recompensa”, asegura.
Otro de los momentos clave de su trayectoria fue la llegada de Curro Vázquez a su carrera. El maestro sevillano decidió apoderarlo cuando ya tenía prácticamente cerrada esa etapa profesional.
“Creo que son un cúmulo de cosas para que el maestro haya tomado una decisión así. Fue importante que me conociera como persona y después que viera mi evolución como torero”, explica.
Cuando se le pide definir su concepto del toreo en apenas tres palabras, Osornio no duda: “Sensibilidad, pureza y pasión”.
Tres conceptos que intentan reflejar una personalidad artística cada vez más reconocida entre los aficionados y que han convertido al mexicano en uno de los nombres con mayor proyección dentro del escalafón novilleril.
Respecto al miedo, una palabra inseparable del toreo, Osornio asegura que ha aprendido a utilizarlo como una herramienta más en su preparación.
“Lo conviertes en motor durante la mentalización previa, pero el día que toreo lo dejo atrás y me concentro en sentirme torero, disfrutar de la tarde e intentar conseguir el toreo que siento. Y cuando eso no me funciona, pues paso miedo”, comenta entre risas.
Representar a México en plazas como Madrid, Sevilla o Valencia supone para él una enorme responsabilidad, además de un orgullo.
“Me siento un privilegiado de ser mexicano e intentar poner a mi país en alto”.
Por último, al mirar hacia atrás y pensar en aquel joven de quince años que llegó por primera vez a España cargado de ilusiones, el consejo es claro:
“Que siga soñando, que haga lo que su corazón le dice y que crea en sí mismo”.
Palabras que resumen el espíritu de un torero que continúa avanzando en una profesión tan dura como apasionante. Un novillero que persigue el éxito en los ruedos, sí, pero que ha comprendido que la verdadera meta está también en alcanzar la felicidad y la plenitud personal durante el camino.