Opinión

Juan Ortega, el torero que acarició Jerez sin llegar a conquistarla

La plaza de toros de Jerez vivió ayer una de esas tardes donde el triunfo numérico apenas explica lo sucedido en el ruedo. En medio del huracán artístico desatado por Morante de la Puebla y la solvencia de José María Manzanares, el sevillano Juan Ortega dejó una actuación marcada por el gusto, la naturalidad y también por esa frustrante sensación de que el toreo grande, a veces, se queda a un pinchazo de la gloria.

Rubén Sánchez

Rubén Sánchez

Coordinador

17 de Mayo de 2026
Juan Ortega, el torero que acarició Jerez sin llegar a conquistarla
Foto: Paco Martín
Hay toreros que llenan una plaza por lo que hacen. Y hay otros, muy pocos, que la llenan por lo que prometen. Juan Ortega pertenece a esa segunda especie. El público no espera de él una sucesión de pases; espera emoción, pausa, verdad. Espera que el tiempo se detenga. Y eso, en el toreo actual, es un privilegio reservado a contados nombres.

La tarde de ayer en Jerez tenía todos los ingredientes para el estallido artístico. El cartel reunía a Morante de la Puebla, José María Manzanares y Juan Ortega frente a toros de Álvaro Núñez, en el cierre de la Feria del Caballo. La expectación era máxima y el ambiente olía a acontecimiento.  

Pero el toreo, como la inspiración, no siempre comparece de forma completa.

Ortega dejó momentos de una belleza indiscutible. Especialmente en su segundo toro, donde volvió a aparecer ese concepto suyo tan sevillano, tan desnudo de artificios, tan basado en la cadencia y en la pureza de las líneas. Hubo naturales de trazo lento y una forma de llevar embebido al toro que recordó por qué tantos aficionados le consideran uno de los intérpretes más delicados del escalafón. Sin embargo, otra vez la espada le privó de redondear una actuación que pudo haber terminado en salida a hombros.  

Y quizá ahí reside también parte de su misterio.

Juan Ortega no es un torero de estadísticas. Su dimensión no se mide únicamente en orejas ni en puertas grandes. Se mide en silencios de la plaza, en la expectación que genera cada cite y en esa sensación de fragilidad artística que acompaña siempre a los toreros de inspiración. Cuando aparece la obra, conmueve; cuando no termina de romper, queda la sensación amarga de lo que pudo ser.

En Jerez volvió a suceder algo parecido. Mientras Morante firmaba una de esas tardes que alimentan la leyenda y Manzanares construía un triunfo sólido y eficaz, Ortega transitó por el filo que separa el éxito rotundo de la simple ovación. Y, aun así, dejó huella. Porque hay faenas que se olvidan al día siguiente y otras que permanecen en la memoria pese a no haber tocado pelo.

Ese es el territorio de Juan Ortega: el de los toreros que necesitan menos ruido y más verdad.

La afición salió de la plaza hablando de Morante, como era inevitable, pero también con esa vieja reflexión que acompaña siempre a Ortega: qué cerca está a veces de tocar el cielo y qué difícil resulta, en el toreo contemporáneo, sostener una tauromaquia tan basada en la inspiración y tan poco en la administración del triunfo.

Jerez confirmó ayer algo que ya se sabía: Juan Ortega sigue siendo uno de los últimos románticos del toreo. Y los románticos, casi nunca, tienen caminos fáciles.

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