La Sevilla de Pablo Aguado
El sevillano vuelve a abrir la Puerta del Príncipe siete años después y firma una tarde de naturalidad, temple y personalidad ante los Jandilla.

Eduardo Elvira
Director

Hay tardes que confirman una trayectoria y otras que pueden cambiar la percepción que existe sobre un torero. La de Pablo Aguado en Sevilla pertenece a las segundas. Siete años después de su primera salida por la Puerta del Príncipe, el sevillano volvió a atravesarla a hombros, esta vez después de una actuación en la que la naturalidad, el temple y la capacidad para interpretar las embestidas fueron sus principales argumentos.
El resultado, tres orejas y la salida por la Puerta del Príncipe, es incontestable. Pero quedarse únicamente con el balance numérico sería insuficiente para explicar lo sucedido en la Maestranza. Aguado no necesitó construir una tarde basada en la espectacularidad. Su triunfo llegó desde un concepto perfectamente reconocible y, sobre todo, desde la capacidad de entender las condiciones de sus dos toros.
Con el tercero encontró desde el comienzo un animal pronto y móvil, al que se acopló con rapidez. La faena tuvo continuidad y, especialmente, una gran importancia en el toreo al natural. Aguado consiguió reducir las embestidas y conducirlas con suavidad, sin precipitación y con una colocación que permitió que los muletazos tuvieran profundidad.
Fue una actuación en la que el sevillano volvió a demostrar una de sus principales características: la capacidad para hacer que la expresión artística no esté reñida con la exigencia técnica. Hubo que someter al toro, pero el sometimiento no se construyó desde la brusquedad. Aguado lo hizo desde el temple y desde la administración de las distancias y los tiempos.
La serie circular con la derecha levantó a la plaza y el final por alto, de rodillas, aumentó la intensidad de una faena que terminó de tomar vuelo con la espada. La estocada fue determinante y las dos orejas reconocieron una actuación que había ido creciendo hasta alcanzar una dimensión mayor.
Pero si el tercero permitió a Aguado desplegar su concepto con amplitud, el sexto exigió otro tipo de faena. El toro tuvo un recorrido más corto y fue perdiendo posibilidades conforme avanzó la labor. El sevillano tuvo que medir mucho más cada muletazo y encontró sus mejores momentos al natural.
Ahí apareció de nuevo la personalidad del torero. En lugar de acelerar la faena ante un animal que ofrecía menos, Aguado optó por mantener la calma y aprovechar aquello que el toro todavía podía ofrecer. El final por abajo tuvo especial calidad y volvió a dejar la sensación de que el sevillano se encuentra especialmente cómodo cuando puede construir el toreo desde la suavidad.
La muerte del toro, sin embargo, impidió que la faena tuviera el mismo cierre que la anterior. Aguado escuchó avisos y tuvo dificultades con el descabello. La concesión de la oreja generó debate entre los aficionados y puso sobre la mesa una cuestión habitual en las tardes de máxima exigencia: hasta qué punto el conjunto de una faena debe condicionar la valoración de un fallo con los aceros.
Ese debate no debería ocultar la dimensión de la actuación. Una tarde importante no tiene por qué ser una tarde perfecta. Aguado tuvo ayer momentos de enorme importancia, pero también aspectos mejorables, especialmente en la suerte suprema del sexto.
Precisamente por eso la tarde adquiere interés desde el punto de vista de la trayectoria del torero. Porque la cuestión ya no es si Pablo Aguado puede protagonizar una tarde extraordinaria en Sevilla. Eso quedó demostrado en 2019 y volvió a confirmarse ayer. La cuestión es si puede convertir esa capacidad en una regularidad que le permita ocupar de manera continuada un lugar entre los nombres fundamentales de la temporada.
Ayer dio un paso importante en esa dirección.
Además, lo hizo dentro de un cartel en el que compartía plaza con dos toreros de conceptos muy diferentes. Emilio de Justo volvió a mostrar su capacidad para imponerse a toros exigentes, mientras Roca Rey puso sobre la arena su habitual capacidad para generar emoción y asumir riesgos, especialmente con el quinto.
Aguado no necesitó entrar en ese terreno. Su respuesta fue otra. Frente a la intensidad de Roca Rey y la firmeza de De Justo, el sevillano construyó su tarde desde la interpretación.
Esa diferencia es importante porque explica buena parte de la conexión que mantiene con la Maestranza. Aguado tiene un concepto reconocible y una manera de torear que encuentra en Sevilla un escenario especialmente favorable. La plaza entiende sus tiempos, valora su naturalidad y responde cuando el toreo alcanza esa dimensión de lentitud y armonía que forma parte de la identidad del sevillano.
Pero también existe un riesgo: que la condición de torero de Sevilla termine convirtiéndose en una etiqueta que pese más que sus resultados fuera de la Maestranza. Aguado necesita que tardes como la de ayer no sean excepciones, sino parte de una continuidad.
La segunda Puerta del Príncipe puede tener precisamente ese valor. No demuestra por sí sola una recuperación definitiva ni resuelve todas las incógnitas de una temporada, pero sí confirma que cuando Aguado encuentra el toro adecuado y alcanza su nivel, puede volver a situarse en el centro de la conversación taurina.
Y eso es quizá lo más relevante de lo ocurrido ayer.
Sevilla volvió a reconocer a uno de sus toreros. La ovación, el ambiente en la salida y el grito de «Pablo Aguado, torero de Sevilla» resumieron una relación que va más allá del resultado de una tarde concreta.
Aguado volvió a salir por la Puerta del Príncipe, pero lo hizo de una manera diferente a aquella primera vez. En 2019 apareció como la gran irrupción de un torero que parecía llamado a marcar una época. Ayer salió como un torero que conoce ya el peso de las expectativas y que ha tenido que recorrer un camino mucho más complejo.
La diferencia no es menor.
Aquel Aguado sorprendía. Este Aguado necesita confirmar.
Y la mejor noticia que dejó ayer la Maestranza es que volvió a hacerlo desde lo que siempre ha sido suyo: el toreo pausado, la naturalidad, el gusto y la capacidad para interpretar al toro sin necesidad de recurrir permanentemente al exceso.
La Puerta del Príncipe vuelve a tener su nombre.
Ahora llega la parte más difícil: demostrar que esta tarde no es únicamente un recuerdo extraordinario, sino el punto de partida de una nueva etapa.


