Crónicas

Manuel Diosleguarde aprovecha la oportunidad en la Corrida de las Luces de Bayona

Alejandro López

Alejandro López

Redactor

5 de Septiembre de 2026
Manuel Diosleguarde aprovecha la oportunidad en la Corrida de las Luces de Bayona

Ficha del Festejo

PlazaBayona
GanaderíaToros de Araúz de Robles
FestejoEl diestro salmantino corta una oreja de peso al cuarto, se impone en la votación popular y lidia también el toro de regalo en una seria y brava corrida de Araúz de Robles

Damián Castaño

silencio.

Dorian Canton

vuelta al ruedo tras petición de oreja.

El Rafi

silencio.

Manuel Diosleguarde

oreja y silencio tras aviso.

Julio Méndez

silencio.

Bayona (Francia), 5 de septiembre de 2026. — La Corrida de las Luces de la Feria de l’Atlantique volvió a poner sobre el ruedo de Bayona una de las apuestas más interesantes de la temporada francesa: una corrida seria de Araúz de Robles para cinco matadores llamados a escribir buena parte del futuro del toreo. Y entre todos ellos hubo un nombre que terminó imponiéndose: Manuel Diosleguarde.

El torero salmantino aprovechó la oportunidad con autoridad y personalidad. Cortó una oreja del cuarto, después de una faena de gran profundidad, especialmente por el pitón izquierdo, y posteriormente fue elegido por el público para lidiar el sexto toro, un ejemplar de regalo también de Araúz de Robles.

La votación popular otorgó a Diosleguarde el 64 % de los votos, convirtiéndolo en el gran triunfador de una noche en la que, además, dejó una de las actuaciones más interesantes de su presentación como matador de toros en Francia.

La corrida tuvo un denominador común: la casta. Los toros de Araúz de Robles se mostraron serios, bravos en el caballo en distintos ejemplares y con comportamientos variados en la muleta. No fue una corrida de facilidades. Hubo toros que exigieron, otros que permitieron más y alguno que directamente no dio opciones.

Pero precisamente ahí estuvo el mérito de los toreros.

Damián Castaño abre la noche ante un toro costoso

El primer toro de la Corrida de las Luces correspondió a Damián Castaño.

El ejemplar de Araúz de Robles acudió a los dos encuentros con el caballo con prontitud y encastamiento. No fue un toro sencillo. Tuvo ese punto de exigencia que obliga al torero a estar siempre pendiente, a medir cada terreno y a no perder nunca la colocación.

Castaño entendió pronto las condiciones de su oponente.

El salmantino planteó una faena de firmeza, sin concesiones y basada en la capacidad para imponerse a las embestidas. Los toques tuvieron que ser fuertes y precisos, porque el toro no regalaba nada.

Fue una faena de toma y daca, de esas en las que el torero tiene que conquistar cada muletazo.

Castaño nunca dudó. Se mantuvo en el sitio y consiguió imponerse por momentos a un toro que pedía una muleta poderosa y una colocación exacta.

La faena, sin embargo, quedó emborronada con la espada.

El toro fue despedido con palmas en el arrastre, mientras que Damián Castaño escuchó silencio.

Dorian Canton se gana la vuelta ante un segundo encastado

El segundo fue otro ejemplar de marcada personalidad.

Serio, bravo y encastado, el toro de Araúz de Robles embistió de manera descompuesta, rebañando y poniendo continuamente a prueba a Dorian Canton.

El francés, que sustituía a Solalito, se encontró ante una papeleta de consideración.

Canton apostó por una tauromaquia clásica y sobria. Sin aspavientos, puso la muleta por derecho y trató de ordenar aquel auténtico caos de embestidas.

El mérito estuvo precisamente en conseguir que el toro, por momentos, encontrara una mayor claridad en su viaje.

Hubo muletazos de valor y exposición, siempre con el torero pendiente de los gañafones y de esos derrotes que podían sorprender en cualquier momento.

Canton consiguió por momentos reducir la violencia de las arrancadas y conducirlas con mayor limpieza.

La espada necesitó un segundo intento.

El toro fue despedido con palmas en el arrastre y, tras la petición de oreja, Dorian Canton dio una vuelta al ruedo.

Una vuelta de mucho mérito ante un toro que no regaló absolutamente nada.

El Rafi se encuentra con un tercero que permitió soñar

El tercero correspondió a El Rafi.

Otro toro encastado, aunque con una embestida algo más formal que la de sus hermanos anteriores. Esta mayor claridad permitió al francés construir una faena con mayores posibilidades de expresión.

El animal dejó estar al torero, especialmente por el pitón derecho.

El Rafi aprovechó esa condición y consiguió ligar varias tandas de mérito, encontrando el ritmo y la distancia adecuados.

Hubo momentos en los que la faena tomó vuelo.

El francés consiguió llevar al toro con mayor profundidad y aprovechó sus mejores arrancadas para construir una labor que, de haber tenido una mejor rúbrica con la espada, podría haber terminado con premio.

Pero los aceros volvieron a ser determinantes.

El Rafi no acertó a la primera y terminó escuchando silencio.

El toro, que había mostrado su casta durante la lidia, recibió palmas en el arrastre.

Diosleguarde encuentra la nobleza escondida del cuarto

Y llegó el momento clave de la noche.

El cuarto toro de Araúz de Robles fue un animal que, de salida, parecía querer escribir una historia muy diferente.

Manseó de salida y complicó la labor de la cuadrilla durante el tercio de banderillas. La lidia se convirtió en un auténtico calvario, con el toro poniendo dificultades y buscando su terreno.

Pero Manuel Diosleguarde supo esperar.

Una vez llevado al centro del ruedo, el animal comenzó a mostrar una condición que hasta entonces permanecía escondida.

El toro embistió con nobleza, especialmente por el pitón izquierdo.

Y ahí apareció el torero.

Diosleguarde lo entendió a la perfección.

El salmantino encontró el ritmo del animal y comenzó a dibujar una serie de naturales hondos, largos y templados, llevando la embestida hasta el final y dejando que la muleta se convirtiera en el lugar donde aquel toro encontraba su mejor versión.

La música comenzó a sonar.

Lo que había empezado como una faena de dificultad se transformó progresivamente en una labor de gran calado.

Diosleguarde no se dejó llevar por la condición inicial del toro y supo descubrir su nobleza escondida.

Fue una faena de temple y profundidad, sin estridencias innecesarias, basada en el toreo fundamental.

El torero salmantino entendió que el toro exigía paciencia y muleta baja, y respondió con una tauromaquia asentada.

La faena alcanzó sus mejores momentos por el pitón izquierdo, donde los naturales tuvieron especial hondura.

Cuando llegó la hora de matar, Diosleguarde asumió toda la responsabilidad.

Una estocada entera, haciendo él mismo toda la suerte, puso el broche a una actuación de peso.

La oreja fue para el torero salmantino.

Pero la noche todavía tenía reservado otro capítulo.

El público elige a Diosleguarde

Después de la lidia del quinto toro llegó uno de los momentos particulares de esta Corrida de las Luces.

El público debía decidir quién de los matadores sería el encargado de lidiar el sexto toro de regalo.

Y la respuesta fue contundente.

Manuel Diosleguarde obtuvo el 64 % de los votos.

La afición de Bayona reconocía así la actuación del salmantino ante el cuarto y le concedía una nueva oportunidad para cerrar la noche.

Diosleguarde volvía al ruedo.

Julio Méndez se mide a un auténtico tío

Antes del sexto, Julio Méndez tuvo que enfrentarse al quinto.

Y el toro era todo un tío.

Serio y con presencia, el ejemplar de Araúz de Robles volvió a demostrar su bravura en el caballo, acudiendo a dos encuentros.

Sin embargo, aquella bravura no se transformó en calidad.

El animal embistió sin clase y dejó algunos derrotes feos que obligaron a Méndez a mantenerse siempre alerta.

El torero no escatimó esfuerzos.

Julio Méndez buscó la manera de sacar partido de las condiciones del toro y consiguió algunos muletazos buenos entre otros más despegados y de menor ajuste.

La faena estuvo marcada por el esfuerzo y la disposición.

Mató al segundo intento y escuchó silencio.

El toro, nuevamente, fue despedido con palmas en el arrastre.

El sexto: Diosleguarde vuelve a emocionar

La noche terminó con Manuel Diosleguarde ante el toro elegido por el público.

El sexto, también de Araúz de Robles, era más bonito que algunos de sus hermanos, aunque mantenía la seriedad necesaria para un festejo de esta categoría.

El animal fue bravo en dos encuentros con el caballo y mostró calidad durante buena parte de la lidia.

Pero volvió a aparecer el mismo problema que había acompañado a varios toros de la corrida: la falta de fondo en el último tercio.

Diosleguarde tuvo que poner de su parte aquello que al toro le faltaba.

Y lo hizo.

El salmantino volvió a torear largo y despacio, alternando los pitones y buscando siempre que la embestida alcanzara mayor recorrido.

La faena tuvo emoción porque Diosleguarde no permitió que la falta de fondo del animal rebajara la intensidad de su actuación.

Hubo disposición, temple y una notable capacidad para mantener viva una faena que, por las condiciones del toro, podía haberse venido abajo.

El torero dejó una gran impresión.

Especialmente importante resultaba además el contexto: era su presentación como matador de toros en Francia, y la noche terminó confirmando que su nombre merece ser tenido en cuenta entre los toreros jóvenes que buscan abrirse camino en el escalafón.

La espada, esta vez, no acompañó.

Diosleguarde dejó una estocada entera contraria y escuchó un aviso.

El toro terminó amorcillándose y, tras la muerte, sonó una segunda ovación.

El premio fue menor de lo que había apuntado la faena.

Silencio para Diosleguarde.

Pero la impresión ya estaba hecha.

Una corrida de Araúz de Robles con la casta por bandera

La corrida de Araúz de Robles tuvo como principal virtud la seriedad y la casta.

No fue un encierro uniforme. Cada toro tuvo una historia diferente.

El primero fue costoso y encastado; el segundo, bravo y exigente; el tercero, encastado y algo más formal; el cuarto escondió nobleza después de mansear de salida; el quinto fue serio y bravo en el caballo, pero sin clase en la muleta; y el sexto mostró bravura y calidad, aunque careció de fondo.

Una corrida, en definitiva, que no permitió relajaciones.

El caballo tuvo también protagonismo. Varios ejemplares acudieron con prontitud a los encuentros y alguno llegó a protagonizar dos entradas con bravura.

Y en la muleta, la corrida pidió toreros capaces de interpretar.

Dorian Canton encontró momentos para ordenar la violencia del segundo. El Rafi aprovechó las mejores arrancadas del tercero. Damián Castaño se impuso al primero a base de firmeza. Julio Méndez no dejó de intentarlo ante el complicado quinto.

Pero fue Diosleguarde quien consiguió sacar mayor partido de las posibilidades de la corrida.

Diosleguarde, el nombre propio de Bayona

La noche de Bayona terminó teniendo un claro protagonista.

Manuel Diosleguarde llegó a la Corrida de las Luces sabiendo que se encontraba ante una oportunidad importante y respondió.

Su oreja del cuarto tuvo peso porque no fue una faena construida sobre un toro fácil. El animal manseó, complicó la labor de la cuadrilla y solo cuando fue llevado al centro mostró la nobleza que llevaba dentro.

Diosleguarde fue capaz de verla.

Eso es lo que distingue a un torero: encontrar lo que el toro tiene antes de que el toro lo enseñe.

Después llegó el reconocimiento del público.

El 64 % de los votos le permitió lidiar el sexto y, aunque los aceros y la falta de fondo del animal impidieron que cortara otro trofeo, volvió a dejar una actuación de personalidad.

Bayona, por tanto, puede convertirse en una fecha importante en la trayectoria del salmantino.

No solo por la oreja.

También por la manera de conseguirla.

En una corrida seria, encastada y exigente, Diosleguarde puso temple donde había violencia, profundidad donde había incertidumbre y emoción donde faltaba fondo.

Y esa es una forma muy taurina de aprovechar una oportunidad.

Más noticias de Crónicas