Opinión

Perera y la verdad del toreo: cuando el triunfo depende del toro

La tarde dejó claro que en el toreo no todo depende del torero. Miguel Ángel Perera firmó una actuación de mérito ante un gran ejemplar de Santiago Domecq, pero también sufrió la otra cara de la moneda con un cuarto toro venido a menos.

Rubén Sánchez

Rubén Sánchez

Coordinador

16 de Abril de 2026
Perera y la verdad del toreo: cuando el triunfo depende del toro
Hay tardes en las que el resultado final no explica todo lo que ocurre en el ruedo. La actuación de Miguel Ángel Perera dejó precisamente esa sensación: la de un torero que apostó fuerte por lo que tenía delante y que, cuando el animal respondió, fue capaz de sacar lo mejor de sí mismo.

El primero de su lote, un toro con calidad de la ganadería de Santiago Domecq, ofreció las condiciones necesarias para que el extremeño mostrara su concepto. Desde los primeros lances con el capote se percibía que el animal tenía una embestida interesante, algo que el propio Perera supo leer con inteligencia. Optó por administrarlo, por no forzarlo en exceso desde el inicio, buscando que la faena creciera con el paso de los muletazos.

Esa apuesta tuvo recompensa. El toro permitió momentos de buen toreo y el público reconoció la labor del pacense con la concesión de una oreja. Más allá del trofeo, quedó la impresión de que Perera disfrutó realmente de ese toro, de su inercia y de la forma en que obedecía a los engaños, aunque en distancias más cortas mostrara cierta tendencia a venirse abajo.

Muy distinta fue la historia con el cuarto. Ahí apareció la otra realidad del toreo, esa en la que el torero intenta sostener una faena que nunca termina de arrancar. Perera lo probó, lo cuidó y trató de alargar una embestida que no tenía la fuerza ni la raza necesarias para mantener el ritmo.

En definitiva, la tarde dejó una conclusión evidente: el toreo es un diálogo imprevisible entre hombre y animal. Cuando ambos se encuentran, el triunfo llega casi de forma natural; cuando falta esa chispa en el toro, ni siquiera la voluntad del torero basta para levantar la faena.
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