El valenciano firmó una actuación de gran dimensión frente a un notable ejemplar de Conde de Mayalde, en una obra construida desde el temple, la distancia y la verdad, que terminó premiada con una oreja de enorme peso en Madrid.
Las Ventas encontró por fin el punto de emoción que hasta entonces parecía resistirse. Y lo hizo gracias a la conexión entre Román y un toro de Conde de Mayalde que sacó calidad, transmisión y una embestida de enorme categoría, especialmente por el pitón izquierdo.
El animal, lidiado en cuarto lugar pese a estar reseñado como quinto, ya dejó señales interesantes de salida. Bajo, bien hecho y muy serio por delante, permitió a Román estirarse con el capote en lances donde empezó a verse el fondo del toro. En varas cumplió sin grandes alardes, aunque el castigo medido permitió que llegara al último tercio con movilidad y entrega.
Ahí comenzó lo mejor. Román entendió desde el primer momento la distancia y el ritmo que necesitaba el animal. Le dio sitio, lo citó con claridad y construyó una faena basada en la ligazón y el mando. Sobre la mano derecha llegaron series templadas y muy conectadas con el tendido, llevando siempre la embestida cosida a la muleta y rematando los muletazos por abajo.
Pero fue al natural donde apareció la dimensión más profunda de la obra. El toro acudía largo, humillado y con transmisión, y Román aprovechó esa condición para dejar naturales largos y de gran limpieza, toreando por momentos con una relajación impropia de la presión venteña. La plaza, poco a poco, terminó completamente entregada.
La faena creció en intensidad y contenido hasta convertirse en uno de esos momentos que justifican una tarde de toros. El valenciano supo lucir al animal en cada tanda, entendiendo que delante tenía un toro importante y que Madrid exigía verdad sin concesiones.
La estocada, ejecutada recibiendo y de efecto fulminante, puso el broche a una actuación rotunda. El público pidió con fuerza el premio y la presidencia concedió una oreja de mucho peso, mientras el toro era despedido con una más que merecida ovación en el arrastre. Una de esas faenas que dejan poso y recuerdan la mejor versión de Román.