Con el cartel de “no hay billetes” colgado en Las Ventas, Manuel Diosleguarde fue el gran nombre de la tarde al confirmar la alternativa con una actuación llena de firmeza, compromiso y personalidad. El salmantino destacó muy por encima de Álvaro Lorenzo y El Cid en un festejo marcado por la falta de raza y transmisión del encierro.
Madrid esperaba una tarde importante y respondió llenando los tendidos de Las Ventas hasta colgar el “no hay billetes”. En ese escenario de máxima exigencia comparecía
Manuel Diosleguarde para confirmar una alternativa que había tardado años en llegar. Y el salmantino entendió desde el primer instante que no podía dejar pasar la oportunidad.
Su carta de presentación fue el recibo a “Vendaval”, un toro serio y de buena expresión con el que dejó verónicas templadas y gusto en el manejo del capote. Ya desde el inicio se percibió a un torero decidido, muy centrado y con la intención clara de apostar fuerte en Madrid. El toro tuvo movilidad y cierta emoción, aunque siempre sin terminar de entregarse ni humillar, obligando al diestro a tirar constantemente de una embestida incómoda y cambiante.
Diosleguarde respondió con oficio y cabeza. Citó en la distancia, aprovechó inercias y logró hilvanar muletazos de mérito ante un animal que nunca regaló nada. La faena fue creciendo poco a poco en intensidad y transmisión hasta conectar con unos tendidos que reconocieron el esfuerzo y la sinceridad del planteamiento. Pinchó antes de dejar una estocada efectiva y saludó una ovación tras una labor que ya dejaba señales muy positivas.
Pero fue en el sexto donde terminó de conquistar Madrid. “Trianero”, un toro serio, reservón y exigente, planteó una lidia áspera y de mucha dificultad. Diosleguarde volvió a mostrarse firme desde el saludo capotero y, ya con la muleta, ofreció la dimensión más importante de toda la tarde.
Muy asentado, tragando mucho y aguantando las continuas miradas y coladas del animal, el salmantino construyó una faena de enorme mérito y sinceridad. Resultó especialmente complicado el pitón izquierdo, por donde el toro se metía constantemente por dentro, pero Diosleguarde nunca volvió la cara. Con la diestra consiguió los momentos de mayor profundidad, robándole tandas de gran trazo a un toro áspero y sin entrega. Hubo emoción verdadera, sensación de riesgo y una actitud de máxima entrega que terminó por meterse en el bolsillo a la plaza.
La espada y el descabello evitaron un premio mayor. Sonó un aviso y todo quedó en una fuerte ovación, pero el mensaje ya estaba lanzado: Diosleguarde había venido a Madrid a jugarse el sitio y salió reforzado de una tarde decisiva para su carrera.
También dejó detalles muy celebrados en dos quites, uno por tafalleras y otro por chicuelinas, que sirvieron para despertar una corrida excesivamente espesa.
Muy distinta fue la actuación de Álvaro Lorenzo, que nunca logró encontrar conexión con el público. Su lote, noble pero deslucido y falto de transmisión, tampoco ayudó demasiado, aunque el toledano dejó una sensación de frialdad en una tarde que pedía mayor decisión y mayor apuesta. Sus faenas resultaron largas y sin eco en los tendidos.
Por su parte, El Cid se encontró con un lote complejo y de escasas opciones. Su primero fue devuelto por inválido y el sobrero de José Manuel Sánchez, aunque noble, apenas tuvo transmisión. El cuarto, manso y huidizo, tampoco permitió lucimiento. El sevillano dejó algunos detalles aislados y la plaza mantuvo el respeto hacia un torero muy querido en Madrid, pero la tarde nunca terminó de tomar vuelo.
La corrida de La Quinta, seria de presentación y con algunos matices interesantes en varas, acabó pesando por su falta de raza, entrega y emoción sostenida. En medio de ese panorama gris emergió la figura de Manuel Diosleguarde, que entendió perfectamente qué exige Madrid: verdad, valor y capacidad para imponerse a las dificultades. Y eso fue exactamente lo que dejó sobre el ruedo venteño.