La tarde parecía avanzar sin demasiados sobresaltos hasta que Alejandro Talavante encontró en el cuarto toro el escenario perfecto para desatar una obra de enorme profundidad artística. El extremeño cuajó en Madrid una actuación rotunda, intensa y llena de personalidad que terminó con la plaza rendida a sus pies.
El cuarto toro de la tarde, de hechuras más redondeadas y serias, dejó sensaciones contradictorias desde su salida. Aunque acudió con cierta clase al capote de Alejandro Talavante, pronto mostró una querencia marcada hacia tablas y una embestida falta de entrega. En varas apenas se empleó y dejó entrever un comportamiento manso, sin empuje ni demasiada codicia.
Antes de la muleta llegó uno de los momentos más elegantes del festejo: un quite de Juan Ortega por chicuelinas rematado con una media verónica de enorme suavidad y temple, de esas que consiguen detener el tiempo durante unos segundos. A partir del tercio de banderillas el animal ganó algo de movilidad, lo que terminó siendo decisivo para el desarrollo posterior de la lidia.
Con la franela, Talavante apostó desde el inicio por una propuesta firme y muy personal. Comenzó por estatuarios, quieto y desafiante, dejando claro que iba a buscar profundidad más que efectismo. El toro respondió mejor cuando se le llevó por abajo, y ahí apareció la versión más inspirada del torero extremeño.
Lo verdaderamente sobresaliente llegó al natural. Talavante logró encajar varias tandas de enorme dimensión, ligando los muletazos con una naturalidad pasmosa y rematando las series con cambios por la espalda que elevaron todavía más la emoción en los tendidos. El público comenzó entonces a percibir que estaba ocurriendo algo especial.
La colocación del torero, siempre muy encajado y con el mentón hundido en el pecho, permitió conducir la embestida en líneas curvas de enorme pureza. Cada natural parecía tener más profundidad que el anterior. La muleta fluía con suavidad mientras el toro seguía el engaño con ritmo y transmisión. Fue una faena construida desde el temple y el sentimiento, lejos de la frialdad mecánica que tantas veces invade el toreo contemporáneo.
Madrid, plaza poco dada a los entusiasmos fáciles, terminó entregada. Los tendidos se pusieron en pie ante una actuación que muchos ya consideran una de las obras más importantes de Talavante en Las Ventas. El extremeño se mostró completamente desatado artística y emocionalmente, firmando una faena de las que permanecen en la memoria del aficionado.
La estocada puso el cierre a una actuación grande. Aunque el toro tardó en caer, la petición fue unánime y rotunda. Las dos orejas concedidas premiaron no solo una labor de gran técnica, sino también una interpretación del toreo llena de verdad, inspiración y categoría. Incluso el toro fue reconocido con la vuelta al ruedo, completando así una escena de máxima intensidad en la plaza madrileña.